Leonardo Magrelli | El error del espejo y su “Estadio”

“Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro”

Jorge Luis Borges

Reflejo se puede entender de muchas maneras, ya sea de forma corporal con la respuesta de un estímulo a una reacción; o bien, a aquello que se reproduce, como por ejemplo una imagen. Pero para poder llegar a representarlo como un significado, su referente proviene, en la mayoría de los casos, de la asociación que se hace de un objeto: el espejo, ya que la imagen obtenida es modificada por nuestra presencia cada que nos postramos frente a él. Sin embargo, al escuchar esta palabra, no solamente pensamos en un reflejo aleatorio, sino el de nosotros mismos, como diría Lacan el “yo”.  La concepción que el espejo nos regala es una imagen “El estadio” la propia identificación que sucede inicialmente entre los seis a los dieciocho meses de vida, cuando el niño hace conciencia de su imagen, e interactúa con ella por medio del juego.

Según Lacan hay un antes y un después de “El estadio del espejo”. En un inicio el bebé no puede separar su imagen de la de su madre; luego llega “El estadio”, donde, como ya mencionamos, el niño asimila su propia imagen; y por último se manifiesta “el otro”, la etapa en la que el sujeto se refleja al identificarse con sus semejantes. Podríamos llamar a todo esto una evolución personal y el inicio de un ciclo que surge a partir de la etapa consciente que nos regala “El estadio”. Ya que el espejo funge como un intermediario entre el ser humano y su realidad; así como el arte y sus imágenes, éste también tiende a reproducir. Pero ¿qué proyecta cuando no hay un organismo que se muestre ante él? El fotógrafo italiano Leonardo Magrelli, en su proyecto “Meerror” nos comparte su perspectiva sobre esta situación, en la que ausenta al sujeto y otorga al espejo la cualidad de testigo, ya no del humano si no de su concepto. En un determinado espejo donde podría existir un individuo haciéndose una selfie, queda solo el espacio, objetos o personas reflejándose de forma inconsciente; a lo que el fotógrafo califica todo lo antes mencionado como un “error”, del cual toma la palabra para componerla y tener como resultado “Meerror”: una serie de fotografías producidas mediante un proceso digital, el cual, se niega a revelar para mantener la ilusión de la ausencia física. Lo que me recuerda al mito de los vampiros y a Sebastian Caine, personaje interpretado por Kevin Bacon, de la película “El hombre sin sombra”. Pero ¿qué tienen ambos en común con Leonardo Magrelli? la respuesta es que aunque no tengan reflejo existen… por lo menos en sus propias historias.

 

Volvamos con Lacan, ahora con ayuda de un artículo que Verónica Gerber escribió para la revista digital “Reflexiones marginales” titulado “La fotografía anónima y su ‘Estadio del espejo’”, en el que hace un análisis de una imagen en la que aparece un hombre haciéndose un autorretrato al captar su reflejo multiplicado frente al efecto provocado por tres espejos. Como el nombre del escrito lo dice, la fotografía es “anónima”; Verónica dice no conocer al autor de la misma y explica que la única información obtenida se encuentra en el reverso del papel fotográfico: “Yo, Acapulco, 1984”. Tampoco se puede visualizar el rostro del autor al estar oculto por la cámara. Verónica señala que a primera instancia, se creería que la imagen, por la falta de identidad, no pudiera caracterizarse como retrato; por consiguiente tampoco existiría un “estadio”. Lo que se logra reconocer, gracias a los objetos que aparecen en la escena, es que el lugar donde está hecha la fotografía es un baño. La forma en cómo logra darle sentido al “estadio”, en el autorretrato, es a través de encontrar al “yo” en la mirada de aquel hombre, la cual sugiere perspectiva y decisión que terminan por convertirse en un juego de identificación casi infantil. También indica que “lo que sucede en la fotografía es precisamente esa multiplicación del yo, pero en sentido inverso: lo que nuestro fotógrafo ve es la imagen multiplicada de sí mismo, es decir, todo Otro soy yo”. Una de las resoluciones que la aludida hace es definir a “el otro” en nosotros: los espectadores, quiénes al mismo tiempo fungimos como el espejo. Esto va un tanto con la idea que Roland Barthes menciona en “La muerte del autor”, basado en esto tendríamos que denominar al que hizo la fotografía como solo un mediador que le da lugar e importancia al espectador: quién tratará de encontrarse en la misma obra. Por consiguiente, “el otro” ya identificado en los reflejos de “la fotografía anónima”, ocasionan que el autor, y gracias a que no vemos su rostro, no se auto represente, sino en términos generales, haya capturado lo que está fuera de sí mismo para dejar a un lado la asimilación de su propia realidad. Y es cuando Lacan comenta: “Este momento en que termina el estadio del espejo inaugura, por la identificación con la imago del semejante y el drama de los celos primordiales […], la dialéctica que desde entonces liga al yo [je] con situaciones socialmente elaboradas.”

A diferencia de “la fotografía anónima”, en “Meerror” sabemos quién es el autor, y al mismo tiempo éste ha dado su justificación del proyecto; lo único faltante es el “yo”. La duda es ¿se puede lograr un “estadio” cuando no hay un cuerpo que el espejo succione? Si hacemos un análisis parecido al de “La fotografía anónima y su ‘Estadio del espejo’” encontramos, de igual manera, al “yo” en la mirada de Magrelli, la cual también nos conduce a la ausencia física. El fotógrafo explica que “Cada una de estas imágenes argumenta y es el resultado de la anulación del autorretrato. Aún así es nuestra propia ausencia, una ausencia que convierte estas fotografías en still lives, que detonan el mecanismo de la imagen”. Este reconocimiento o mejor dicho desconocimiento del autor es justo lo que también manifiesta “Una inconformidad que menos y menos personas experimentan hoy en día, en la era de selfies, y eso probablemente ocurre cuando miramos nuestra propia imagen, en donde no siempre podemos reconocernos nosotros mismos”. A lo que afirmamos que el “estadio” en “Meerror” no es la asimilación de un sujeto ante su propia imagen, si no la asimilación del mismo ante su propia mirada en relación con su realidad; creada por los objetos y espacios que se proyectan en los espejos fotografiados, y que ocasionan la ruptura con el self (sí mismo), y es en este punto donde radica el “error” que Magrelli marca y califica en su trabajo como “Un autorretrato que se convierte en still life”. 

Ahora, Ignoremos quién es el autor, como Barthes nos aconseja que hagamos en su texto antes referido, pensémoslo, pero sin querer conocerlo. Acabamos de dejar atrás el “estadio”. Centrémonos únicamente en la mirada que acabamos de abordar, ya alterada por factores universales, de lenguaje y aspectos filosóficos y psicológicos. Como Lacan expone “Es este momento el que hace volcarse decisivamente todo el saber humano en la mediatización por el deseo del otro”. “Meerror” no construye una realidad, es una ficción; no es lo que Magrelli ve, si no lo que quiere ver: aquello que se refleja en el espejo cuando no hay un sujeto enfrente. Como él mismo menciona, “nunca podremos ser capaces de observar directamente lo que el espejo muestra cuando no lo estás mirando”. La transformación de selfie a still life se puede mostrar, de la misma manera, con la identificación lacaniana “del otro”, que hemos estado revisando y en la que los objetos inanimados vistos a través del espejo son el reflejo humano. El espectador, al igual que en la fotografía analizada por Verónica Gerber, también se encontrará en cada uno los distintos reflejos, así, tanto nosotros como Magrelli, pasamos de un “estadio” a la fase que nos hace identificarnos con “el otro”. Por último, nos falta señalar el antes del “estadio” que es justamente el periodo que Lacan describe como “los meses neonatales” y que también es parte “del otro” primerizo, en el que el recién nacido no puede separar su imagen con lo que le es cercano en ese momento: la madre. En lo que a mí respecta, esta etapa existe en “Meerror” al no poder alejar los objetos de la concepción que el ser humano tiene de sí mismo. Para concluir, voy a citar una frase de “El hombre sin sombra”:

“Es maravilloso lo que puedes hacer cuando no tienes que mirarte en el espejo nunca más”

Sebastian Caine

 

 

 

 

    

 

 

 

 

 

Todas las imágenes por: Leonardo Magrelli

Texto: Selene Alaíde



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